La maternidad en frases

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Yo, la mala madre

El otro día estaba en la dentista, en una de las posiciones más vulnerables que hay, con la boca abierta, y sin poder hablar. Ella me contaba de un niño al que trataba, que a los 6 años estaba perdiendo todos los nervios, debido a las caries. Tenían que hacerle un tratamiento largo y doloroso y el niño lloraba mucho. Finalmente agregó: “No entiendo por qué la mamá no le habrá cuidado”. La mala madre.

Niños descontrolados en un restaurante, gente los mira y piensa: “¿Por qué no hace algo la mamá?”. La mala madre. Niños sentados en una mesa con un ipad cada uno: “Pobres niños en está época ya nadie se ocupa de ellos”. Las malas madres. Grupo de madres hablando de otras madres que no cuidan a sus hijos como ellas: malas madres. Mamá que lleva a evento escolar hot dogs y caramelos vs. Mamá que lleva frutas y granola: la una a la otra, mala madre. Mamá que va al evento escolar, pero que está viendo Facebook en su teléfono. Mala madre. Mamá que lleva a los hijos al parque, pero se sienta lejos y fuma. Mala madre. Madre que recibe de sus parientes cercanos, o de su misma madre, las constantes: ¿Cómo es posible que el guagua esté despierto a esta hora, o dormido a esta hora, o comiendo eso, o sin comer eso, o vestido con eso o sin aquello?

Soy madre desde hace 6 años, o quizá debería decir soy mala madre desde hace 6 años. Por que aparentemente no hay forma de hacerlo bien. Tengo dos hijos varones, uno de 6 y otro 3. Ambos criaturas maravillosas, guapas, vitales y simpáticas, o eso es lo que siempre me dicen. Ambos seres amados, demandantes hasta niveles de tiranía, llorones, insomnes, tercos e incansables.

Fui madre a los 30 años. Tenía muchas ganas de serlo. Fue una decisión consciente y voluntaria, en ambos casos. Sin embargo, el modo en que ser madre ha cambiado mi vida, mi matrimonio, mi capacidad intelectual y mi sentido del humor, es algo que aún sigo descifrando, y evalúo cada día, varias veces al día.

Yo pensaba que si todo el mundo tiene hijos, y es aparentemente la cosa normal de hacer, iba a ser un poco más sencillo. Pero no. Lo primero para mí, fue el acoso general, esa etiqueta de mala madre que está en todos lados en forma negativa o camuflado de mensaje positivo: eres mejor madre si pares naturalmente, si das de lactar, si practicas el colecho, si crías con apego, si estimulas con música, si educas Montessori. Quizá nadie lo dice así, pero así es como se entiende, cuando todo lo que quieres es hacer las cosas “bien” tener hijos felices, cambiar el mundo, lograr que no sean como tú, acabar con la crianza autoritaria como la conocías.

Cuando nació mi primer hijo, a los 15 días me sentía aplastada, entre la falta de sueño, factor verdaderamente enloquecedor (todo lo que alguna vez te digan sobre lo mal que vas a dormir y  como eso te volverá, eventualmente, loca; es cierto), el dolor, las dudas y el exceso de visitas acosadoras que ya querían saber en qué colegio iba a estudiar ese, casi microbio, me tenían desorientada. Fui a un control con el médico que me dijo como consuelo: “Las mujeres en el campo paren y al día siguiente se van a cosechar, son solo ustedes, las de la ciudad, las intelectuales, las que se hacen problema por todo y se deprimen”.  Repetir hoy, en mi mente ese “consuelo”, me pone furiosa y la persona que soy ahora hubiera reaccionado, pero el amasijo de hormonas, pezones completamente destruidos, una cicatriz de 10 cm en la vagina que no me permitía ni sentarme bien, solo agachó la cabeza y empezó a culparse por ser débil, por ser, desde ya, mala madre.

Con los años, aunque el acoso general realmente no se acaba nunca,  aprendí a recibirlo con sarcasmo y la cabeza en alto. Luego viene lo verdaderamente importante, este dolor existencial profundo que golpea cada una de mis emociones a diario, la responsabilidad de criar seres humanos en este mundo, la tarea titánica de darles felicidad, bienestar, amor, de romper con ellos los círculos viciosos de violencia en la crianza, de querer modificar su herencia, de reescribir la historia que yo tengo con mis propios padres y abuelos.

Y finalmente, entre el acoso mundano, y el acoso espiritual, … la vida diaria. Trabajar y tener dos hijos y tratar de mantener un estándar mínimo de salud física, aseo y cordura, es la meta de todas las semanas. Yo no se cómo ser una buena madre. Porque dicen que los hijos de las buenas madres que no gritan, ni dicen malas palabras, que no revisan el celular, que juegan con ellos, que son atentas y dedicadas… dicen que esos niños se autorregulan y cooperan, que su libertad influye en su buen comportamiento. Yo no sé nada de eso. Mis hijos gritan, lloran, ríen en una misma escena. Mis hijos riegan todo, ensucian todo, se orinan en todo lado, a veces no se bañan y pierdo la cuenta de cuándo se bañaron la última vez. Mis hijos duermen en rounds de dos horas (cada dos horas se cambian de cama). Mis hijos hacen pequeños espectáculos en público, siempre.  Mis hijos me dicen todo el tiempo: tú eres mala.  Yo me juzgo a diario. Me arrepiento. Lloro. Estudio sobre hijos. Hago terapia. Constelo. Inicio un proceso de meditación todos los lunes. Lo dejo de hacer los martes. Yo trato de seguir siendo humana. De no consumirme del todo en mi cinismo. Trato de escribir. Trato de filmar. Trato de dar clases. Trato de ir al baño con la puerta cerrada con llave.  Yo pienso de mi misma, que no debo ser tan mala, que si fuera realmente mala (y valiente) ya me hubiera ido.

¿Entonces qué tiene de bueno ser madre? No estoy segura. Pero hay una cosa. Una sola, en la que creo que yo he cambiado para bien, en la que creo que la maternidad me ha enseñado algo. Cuando manejo y alguien me pita, me rebasa, me insulta; yo pienso: “Pobre, debe ser padre”. Cuando una cajera, una mesera, una recepcionista me atiende pésimo… yo pienso: “Pobre, debe ser madre”. Seguro,  igual que yo, anoche no durmió porque uno de sus hijos vomitó toda la noche, porque se empachó con caramelos que le dieron los abuelos. Cuando veo niños malcriados, pienso en los míos con cariño. Empatía y sentido del humor. eso me traído la maternidad en abundancia y lo valoro a diario.

Lo otro, lo romántico, el amor de madre, ese que nos han vendido, ese, no se qué es. Pero el amor que experimento por ellos es un instinto animal, algo que ahora no me siento capaz de explicar. Todas las noches, después de días agotadores, harta de todo, me meto con ellos en la cama. Nos abrazamos, leemos, empiezan a sudar, empiezan a quedarse dormidos, uno metido en mi axila, otro acostado sobre mi brazo. Carne con carne. Son míos. Salieron de mí. Los deseo profundamente. Son cachorros. Animales como yo. Nos fundimos en ese abrazo que dura poco y es todo. Ya mañana seremos otra vez niños malcriados y mala madre. Tenemos una vida por delante.

Por Paulina Simon (https://www.soylazoila.com/yo-mala-madre/)

EL BEBÉ DE ENERO:
ULISES 

Nació el 16 de Noviembre de 2016 y tiene tan sólo 1 mes y medio.
Ya empezó con sus primeros balbuceos y a seguir con la mirada algunos objetos.
Dice  mamá que a ella y a papá los mira como reconociéndolos, y que los tiene locos de amor.

¿No es demasiado lindo?

Felicidades por este bombón, ¡bienvenido Ulises a la Comunidad BBamor!

MI PEQUEÑO GRAN MILAGRO
Si supieras que te miro cada mañana y agradezco la dicha de tenerte, no hay día que no me sienta afortunada y bendecida, y que te abrace fuerte, muy fuerte, pidiendo en silencio que ya no crezcas…
No sabía que se podía amar con tanta fuerza, no sabía que tu dolor sería el mío multiplicado y que mi vida la entregaría sin pensarlo a cambio de la tuya.
Ser madre es tan dificil y tan hermoso. Te hace fuerte, te hace sabia, te enseña a levantarte, respirar profundo y seguir adelante.
No importa que llueva, que el calor queme o invada el frío, que los días sean largos y las noches eternas… seré tu madre toda la vida y serás mi pequeño siempre, aún cuando tenga que levantar la vista para encontrar la tuya.
Lo irás aprendiendo todo, lo simple y lo complejo de la vida; habrá risas fuertes en tus labios y también lágrimas en tus mejillas, pasarán las estaciones y un día ya no querrás que te cargue…
Quiero quedarme en este instante, cuando tus brazos piden mi pecho y sin palabras me lo dices todo. Sé que el tiempo corre deprisa, más de lo que quisiera, sé que un día tu mano soltará la mía y tendrán tus pasos su propio camino.
Pero hoy aquí te tengo, te observo cada mañana y te siento mi pequeño gran milagro.
Y aquí me tienes tú, por siempre… Doy lo mejor de mí, quiero ser la mejor madre que pueda ser, aunque haya días que me sienta flaquear y no sea la mejor ni pueda dar todo lo que quisiera. Soy humana y también sufro, me cuesta levantarme, a veces estoy en sombras… Pero tu amor me guía, me orienta cuando pierdo el rumbo , me abriga y me da fuerzas.
Que tu vida sea maravillosa, sólo deseo verte crecer y verte feliz. Gracias por elegirme, gracias por darle luz a mi vida con tu llegada y gracias por ser mi milagro, tan pequeño pero tan inmenso.
Cecilia Hughes – www.bbamor.com
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LA VERDADERA RAZÓN POR LA QUE LA MATERNIDAD ES TAN DÍFICIL

La Maternidad. Es difícil, pero pocos entienden realmente por qué.

No son las tareas del día a día, de verdad:
no es el cuidado de los niños, hacer sana sanas, y todo eso. No.

Es la entrega. La entrega sin fin de ti misma.

Nunca has dado tanto en tu vida.

Das hasta que te duele y luego das un poco más.

Das hasta que estás raspando el fondo de tu pozo para dar bien y luego te dices a ti misma: “He dado todo lo que tengo. todos los momentos, todas las posesiones. Cada parte egoísta de mi misma, la he entregado” Y luego le das un poco más.

Entregas hasta que se siente como si estuvieras cortando pedazos de ti misma.

Entregas hasta que te da temor que ya no quedará nada de ti.

Entregas hasta los pequeños tesoros que habías escondido con llave y candado dentro de tu ser..

Das y das y das.

Das a las 3AM cuando estás tan cansada que estás alucinando caminar atravesando las paredes, y terminas poniendo el control remoto en el congelador.

Lloras y gritas “ya no me queda nada”, y luego le das un poco más.

Y el público dice: “Bueno, tu escogiste esto así que no te atrevas a quejarte” y tu intentas explicarles que si bien, sí, duele, sí, estás sangrando y te sientes sola, no cambiarías nada.

Y luego sigues dando mientras lágrimas tibias caen por tus mejillas.

Eso es lo que hace que la maternidad sea dura. No son los cambios de pañal o cenas frenéticas, es la entrega.

Llora si es necesario. Aléjate por un momento si puedes, aunque es probable que no puedas.

Tal vez algún día tu hijo se volverá a ti y dirá, “gracias”, pero lo más probable es que no lo hará hasta que sea su turno de sostener a un bebé inquieto que no puede conformarse a las 2 am o un niño que necesita un abrazo a pesar de que tu ya no puedes con tu alma y todavía son las 4pm

Continua. Continúa Amando.

Sostén la Entrega.

Esta es la maternidad.

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El consejo maternal

“Ven para acá, me dijo dulcemente mi madre cierto día.
(Aún parece que escucho en el ambiente de su voz la dulce melodía)

– Ven y dime qué causas tan extrañas te arrancan esa lágrima, hijo mío,
que cuelga de tus trémulas pestañas como gota cuajada de rocío.

Tú tienes una pena y me la ocultas; ¿no sabes que la madre más sencilla
sabe leer en el alma de sus hijos como tú en la cartilla?

¿Quieres que te adivine lo que sientes?
Ven acá pilluelo, que con un par de besos en la frente disiparé las nubes de tu cielo.

Yo prorrumpí a llorar. Nada le dije.
– La causa de mis lagrimas ignoro,
¡pero de vez en cuando se me oprime el corazón y lloro…!

Ella inclinó la frente pensativa, se turbó su pupila,
y enjugando sus ojos y los míos, me dijo más tranquila:
– Llama siempre a tu madre cuando sufras, que vendrá muerta o viva;
si está en el mundo, a compartir tus penas; y si no, a consolarte desde arriba.

Y lo hago así cuando la suerte ruda, como hoy, perturba de mi hogar la calma,
invoco el nombre de mi madre amada, ¡y entonces siento que se me ensancha el alma!”

Olegario Victor Andrade

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ANTES DE SER MAMÁ…

Yo comía mi comida caliente.
Mi ropa lucía planchada y limpia todo el día.
Podía sostener largas y tranquilas conversaciones telefónicas.

ANTES DE SER MAMÁ…
Me dormía tarde, tan tarde como quería y jamás me preocupaban las desveladas.
Cepillaba y cuidaba mi pelo, lucía uñas largas y hermosas. Mi casa estaba limpia y en orden, no tenía que brincar juguetes olvidados por todos lados.

ANTES DE SER MAMÁ…
No me apuraba si alguna de mis plantas era venenosa, ni pensaba en lo peligroso de las escaleras o las esquinas de mis muebles.
No dejaba mi tiempo en consultas mensuales con el doctor, ni consideraba siquiera la palabra VACUNA.

ANTES DE SER MAMÁ…
No tenía que limpiar comida del piso, ni lavar las huellas de pequeños deditos marcadas en los vidrios.
Tenía control absoluto de mi mente, mis pensamientos,
mi cuerpo y mi aspecto físico…
Dormía toda la noche y los fines de semana eran totalmente relajados.

ANTES DE SER MAMÁ…
No me entristecían los gritos de los niños en la consulta médica, no tuve jamás que detener, con lágrimas en mis ojos, una piernita que sería inyectada.

ANTES DE SER MAMÁ…
Yo nunca sentí un nudo en la garganta al mirar a través de unos ojos llorosos y una carita sucia.
No conocía la felicidad total con sólo recibir una mirada.
No pasaba horas mirando la inocencia dormir en una cuna.
Nunca sostuve a un bebé dormido SOLO porque no quería alejarlo de mí

ANTES DE SER MAMÁ…
Nunca sentí que mi corazón se rompía en un millón de pedazos al no poder calmar el dolor de un niño.
Nunca supe que algo tan pequeño, podía afectar TANTO mi mundo.
Nunca supe que podía amar a alguien de ese modo, nunca supe que amaría como una MADRE.

ANTES DE SER MAMÁ…
Yo no conocía el sentimiento que provoca tener mi corazón fuera de mi cuerpo.
No sabía que tan especial me sentiría al alimentar a un bebé hambriento.
No sabía de esa cercanía inmensa entre una madre y su hijo.
No sabía que algo tan chico podría hacerme sentir tan importante.

ANTES DE SER MAMÁ…
No imaginaba tanta calidez, tanta dulzura, tanto amor.
No imaginaba lo grande y lo maravilloso que sería,
No imaginaba la satisfacción de ser madre, no sabía que yo era capaz de sentir tanto…
HOY NO IMAGINO MI VIDA SIN ESA PEQUEÑA SONRISA PICARA Y TRAVIESA,
SIN ESA HUELLA DE CHOCOLATE EN LA PARED, SIN ESE OLOR A PUREZA, SIN ESCUCHAR DE UNOS PEQUEÑOS LABIOS ESA PALABRA CORTA Y LARGA A LA VEZ:  MAMÁ…

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Cerquita mío

Si nos dijeran…
Que los bebés y niños pequeños pasan por etapas, que ya regularán sus horas de dormir y para ello nos dijeran: tranquila, quédate en cama y duerme mientras lo haga el bebé, duerme a su lado…, ya se regulará y empezará a dormir mejor,
mientras tanto deja que te ayudo con los pendientes domésticos en casa.

Si nos dijeran:
Que bello se ve tu bebé enganchadito a su teta, es lo normal, de a poco regulará las tomas, mientras tanto te necesita mucho, la lactancia materna no es sólo alimentación, es calor y olor de mamá, quédate con él, dale la teta allí sentadita yo te ayudo con lo que tengas que hacer,
te plancho esta ropa? te ayudo a limpiar la casa?

Si nos dijeran:
Toma a tu bebé, no quiere que lo levante yo, es lo normal, está muy pequeño y por ahora sólo necesita tus brazos, ya tendremos tiempo de jugar y compartir.

Si nos dijeran:
Tranquila, si no te quieres cambiar la pijama no pasa nada, los primeros meses agotan mucho, si te sientes cómoda así no pasa nada. Quieres que te peine el cabello? Eso relaja.

Si nos dijeran:
Empezó con las rabietas? Tranquila, es su manera de afianzar su yo y personalidad, sólo tienes que tenerle paciencia, darle abrazos si los quiere, háblale suave al oído, cántale su nana favorita, los niños pequeños no saben regular sus emociones, pero de cómo gestionemos los conflictos
ellos más adelante resolverán sus problemas.

Si nos dijeran esto o algo parecido la maternidad sería más fluida y de a poco cada madre, cada padre y familia encontrarían la manera en el mundo de criar a sus hijos de manera respetuosa, no sentiríamos encima de nosotras presiones innecesarias, sabríamos de antemano y con el apoyo del entorno que todo niño sano llega al sitio donde debe llegar (control de esfínteres, caminar, hablar, dejar la lactancia, etc) a su tiempo y hora, no a la hora que a los adultos se les haga cómodo.

Janeth Ivimas

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Convertirse en madre

A veces es muy duro convertirse en madre…
Sí, vale la pena.
Sí, es la experiencia más poderosa que puede llegar a vivir una mujer, si se lo permite/en.
Sí, nada te marca tanto como el momento en que sostienes por fin en brazos al hijo que acaba de salir de ti, deliciosamente sucio, húmedo, caliente,y te mira a los ojos como diciendo: te conozco.

Pero es duro…
Y no sólo se trata de la falta de sueño, de las secuelas del parto, de los cuidados que
demanda un recién nacido (¡tan pequeñito y tan exigente!), ni siquiera del cóctel de
hormonas que te deja turuleta hasta varias semanas, meses después.

Tampoco la falta de experiencia y la incertidumbre acerca de si lo estás haciendo bien o no, ni las propias dudas y comentarios de familiares bien intencionados pero que no hacen sino disparar tu propia inseguridad, tu miedo.

Es bastante más que eso…

Es la ruptura total y repentina con tu propia identidad, con aquello que hasta el momento de parir te había definido: tus proyectos, tus ambiciones, tu trabajo, tus amigos, tu cuerpo, y todo aquello que llamabas tuyo. Tu tiempo. Tu vida.

Es mirarte al espejo mientras tu criaturita está prendada a tu pecho, y no reconocerte.
¿En qué momento te convertiste en esta mujer ojerosa que no tiene un minuto ni para darse una ducha?

¿Quién es ella? ¿Quién eres ahora? Sigues siendo tú, sólo que una versión más grande de ti misma.
Pero al principio no lo sabes. Al principio no te encuentras.

No hay nada que logre vincular esta nueva vida tuya de cambios de pañal, tetadas a deshoras y canciones de cuna, con aquella otra vida que parece tan remota, aquella en la que ibas y venías a tu antojo, disponías de tu tiempo y te pertenecías. Porque, claro, todo tu ser es ahora para otro.
Y ese otro se está alimentando de ti, no sólo de tu leche, sino también de tus caricias,
de tus canciones, de tus palabras, de tu calor…

Y el tiempo pasa, desde luego que pasa. Llegará el momento en el que, sin darte cuenta casi, las tomas se acorten y las horas de sueño nocturno se alarguen. Tu bebé aprenderá a sostener la cabeza, luego a darse la vuelta, luego a gatear.

El día menos pensado te regalará una sonrisa y pensarás que todo el esfuerzo ha sido poco.

Un día te dirá mamá.

Lo verás correr en el parque, subirse solo al tobogán, jugar con otros niños,
garabatear las primeras letras que te mostrará orgulloso.

Y por nada del mundo querrás cambiarte por esa otra que eras, y que tan poco sabía acerca del amor.

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El segundo

El “segundo” nos encuentra menos prolijas y obsesivas.
Se aguanta más tiempo con el pañal mojado.
Come chocolate y toma mate antes del año.
No sabe de rutinas ni de horarios fijos.

El “segundo” debe soportar bastante menos nuestros temores e inseguridades.
No corremos a la guardia por una simple fiebre.
Duerme desde que tiene un mes en su habitación.
No necesita ni adaptación en el jardín.

El “segundo” aprende a la fuerza el significado del verbo compartir.
Anda muchas veces con ropa heredada.
Casi nunca sale solito en una foto.
Aguanta estoicamente caricias violentas y besos pegajosos de su hermano.

Y lo más importante: el “segundo” corrobora lo que ya sospechábamos (a pesar del inmenso miedo): que es posible enamorarse de otro hijo, con la misma pasión e intensidad que el primero.

Madreinargetina

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¿Cómo desarma el puerperio?

Después de centenares de días mojando la ropa con leche y amaneciendo transpirada y pegoteada junto al pequeño, las mujeres puérperas nos animamos a mirarnos al espejo antes de la ducha, y descubrimos quiénes somos ahora.
Y ahíi estamos, casi desconocidas, otro cuerpo, otra mente, otro estar en el mundo.

No sólo el cuerpo cambió, ya no estamos en pose, todo terminó siendo inevitablemente genuino, tanto que descuidamos (por suerte) todos nuestros roles sociales, y casi que no da vergüenza estar blancas, peludas y manchadas. Un día de esos que ya no nos peleamos con el puerperio, un día de esos que ya estamos acostumbradas a dormir poco y llevar quince quilos a upa, empezamos a sentir ganas de hacer cosas “nuevas”.
A veces aparecen todas las ganas de golpe: volver a salir sola, hacer el amor, ir a la peluquería, estudiar una nueva carrera, mirar películas hasta la madrugada, hacer gimnasia, irnos de vacaciones…pero no sabemos cómo, tanto nos costó sentirnos cómodas adentro de casa y aprender a ser madres, que ahora ya no podemos hacer otra cosa. Queremos, pero hay miedo, miedo al cambio, miedo a que lo que gustaba ya no guste, miedo a la culpa, miedo al miedo. Miedo porque de nuevo hay que empezar de un cero.

Nos damos cuenta que ser madres nos cambió los deseos y las necesidades, tenemos nuevos intereses y nos debemos el tiempo y el valor de animarnos a transitarlos. Y de pronto gerentas de bancos quieren ser doulas, abogadas exitosas se encuentran estudiando fotografía, militantes políticas desean pasarse horas en mercados de comida naturista… porque nuestros hijos quitaron capas superficiales de nosotras mismas, y nos conectaron con lugares mas auténticos, y menos heredados. Nos desabrigamos de mandatos. Es un salto al vacío, como parir, sólo hay que animarse y dejarse llevar.

Ahora es más cómodo salir al mundo con el crío, porque tiene sus beneficios ser una portadora y no estar en primer plano. Pero tenemos esa chispita de deseo que se prende para recuperar espacios personales, que son re significados gracias al proceso del maternaje. ESTE cuerpo nuevo es digno de un nuevo cuidado y respeto, quiere volver a ser mirado, deseado y protegido.

Animémosnos a la mirada ajena y a la propia. Animémosnos a los barcitos, a los paseos nocturnos, a la ropa nueva. Animémosnos a llevar carteras pequeñitas, a los recitales, a las clases de baile y de yoga. Pero sobretodo animémonos a preguntarnos qué queremos hacer ahora, qué queremos conservar de aquella antigua identidad y qué queremos depurar. Hay mucho por limpiar en nosotras mismas, y a su vez hay muchos abuelos, tíos y niñeras dispuestos a amar, jugar, y crear espacios nuevos para nuestros pequeños caminantes. Cada familia a su ritmo encuentra sus espacios y sus silencios, tan sagrados.

Las mujeres que espontáneamente regresan a sus espacios laborales e individuales luego de ser madres se encuentran escindidas, dividas, desconcertadas.
Lo que antes les daba seguridad ahora se transforma en una espera para volver a casa, y la casa en una espera para volverse a escapar. Ya no hay lugar de satisfacción o disfrute. Estas mujeres, tienen una enorme posibilidad de cambio, y de autosinceramiento. A veces el trabajo fuera de casa se puede flexibilizar porque ni siquiera los beneficios económicos son tales en función de los nuevos gastos. Cuando es así, que las madres podemos trabajar menos pero a la vez le tememos a la idea de estar en casa, debemos respetarnos las necesidades y encontrar espacios propios prioritarios, que puedan incluir a nuestros bebés pero que nos den sostén y autovaloración. Como encontrarnos con amigas, hacer deporte, o bailar.

Cuando nuestro hijo tiene dos o tres años (a veces antes, a veces después) queremos salir al mundo, saltar al vacío, hacer un cambio. Pero si los primeros meses o años no pudimos estar en casa el tiempo que hubiésemos querido, ni amamantar lo que hubiésemos deseado, ni tener a upa a nuestros bebés lo que ellos precisaban, tal vez tener un hijo de dos años sea el momento justo para volverse a replegar y retomar el nido. La revolución de ser madres y mujeres, en estos casos, es volver a meternos en la cama con los niños pequeños, y recuperar el tiempo. Bañarnos juntos, hacernos masajes, planear salidas, y así nutrirnos mutuamente del puerperio “tardío” pero tan bienvenido.

Una cosa genera su opuesto, el invierno pone la semilla del verano, y el día permite la noche. El transcurso y la profundización del puerperio es el primer paso de la libertad de las mujeres y del principio de la maduración y la individualización. El despegue prematuro, también cocinará el momento apropiado para dejar todo viaje y volver al hogar. De esto se trata.”

Violeta Vázquez

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La ultimísima vez

“Desde el momento en el que abrazas a tu bebé por primera vez,
nunca serás la misma persona.

Quizás anheles la persona que eras antes.
Cuando tenías libertad y tiempo
Y nada en particular por lo que preocuparte.
Conocerás el cansancio como nunca lo habrás hecho antes.
Y encadenarás días que son exactamente iguales el uno al otro
Llenos de tomas y eruptitos.
Cambios de pañal y llanto.
Quejidos y peleas.
Siestas o falta de siestas
Puede parecer como un ciclo sin fin.
Pero no olvides que…
Hay una última vez para todo
Llegará el día cuando le des de comer a tu hijo por la última vez.
Se dormirán sobre ti después de un largo día
Y será la última vez que abraces a tu niño mientras duerme
Un día los llevarás en tu cadera y los dejarás en el suelo
Entonces nunca más los volverás a coger de esa forma.
Les frotarás el pelo en la bañera una noche
Y a partir de ese día querrán bañarse ellos solos.
Te cogerán de la mano para cruzar la carretera
Y entonces nunca te la pedirán de nuevo.
Se deslizarán en tu habitación a media noche en busca de mimos
Y entonces será la última noche que te despierten para esto.
Una tarde cantarás “Las ruedas del autobús”* y harás todos los gestos
Y entonces nunca más volverás a cantar esa canción de nuevo.
Te darán un beso de despedida en la puerta del colegio
Y al día siguiente te pedirán que no los acompañes nunca más.
Les leerás un último cuento en la cama y limpiarás una última cara sucia.
Correrán hacía ti con los brazos en alto una última vez
El caso es que nunca sabrás cuando será la última vez
Hasta que no haya más veces.
E incluso entonces te llevará un tiempo llegar a darte cuenta de ello.
Así que mientras estés viviendo estos momentos, recuerda que sólo hay un pequeño número de ellos, y que, cuando se hayan terminado, te morirás por revivir un solo día lleno de ellos.
Por última vez

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