Experiencias de vida

0

“Amor de tía:

No hay nada como el amor hacia un hijo, si, es verdad, pero el segundo amor más profundo es el de una tía.

Hace poco más de un año y medio que me enteraba que mi hermana estaba embarazada. Fue una sensación inexplicable y más con la historia familiar que tenemos. Surgieron varias sensaciones: amor, miedo, expectativa, ansiedad, incertidumbre.

Desde el primer mes empecé a hablarle, a comprarle regalos, le ponía música, le cantaba canciones.

Pasaban los meses y la panza crecía, tuve el placer de ir a una ecografía, escuchar sus latidos y verla, pero sólo un poquito porque se escondía para sorprendernos. Un 27 de Diciembre llegó el tan esperado día, después de 40 largas y hermosas semanas. Si me preguntaban cómo me la imaginaba, jamás la hubiese pensado como es: además de ser la nena más hermosa de todo el mundo, es simpática, carismática y tiene una luz que hace que todo el mundo la adore con sólo mirarla.

Siguen pasando las horas, días, meses y cada vez me sorprende más… ¿Cómo se puede amar de esta manera? ¿Cómo alguien puede cambiar la vida de tantas personas? ¿Quién hubiese imaginado que me iba a volver loca de amor?

Con cada risa, llanto, capricho, salidas, morisquetas, con cada momento compartido (a la distancia o cerca) siento que vamos creciendo juntas.

Cuando estoy a su lado no me importa nada, sólo mirarla, jugar con ella, pasar cada minuto disfrutando su paz y su compañía.

Como bien lo dice Ciro, “Mil relojes no marcan las horas como vos”. El amor de una tía no tiene comparación, no tiene explicación… Es verla y sentirme completa, es una vuelta de hoja, es la entrada a otro mundo.”

 

ornament-md

“Buscar un embarazo durante 2 años:

Desde que tengo memoria, mi sueño siempre fue ser madre. Cuando con mi esposo sentimos que había llegado el momento en que los dos estábamos listos para convertirnos en padres, empezamos la búsqueda. Los primeros meses no tuvimos suerte y yo me decía a mi misma que era normal, que ya llegaría el positivo tan esperado. Recuerdo que al quinto mes la ansiedad había crecido mucho y los días se me hacían eternos, hasta que llegaba mi período y el mundo se me venía abajo una y otra vez. Me sentía una flor que se iba marchitando de a poco, y aunque por fuera me mostrara fuerte, mi luz interior se iba apagando, cada día me sentía morir un poquito. Mi esposo me alentaba a no bajar los brazos y me decía que debíamos confiar en Dios. Sabiendo la fuerza de mi deseo y el gran amor que tenía para darle a un hijo, yo misma empecé a cuestionar mi propia fe. A mi alrededor desfilaban panzas de embarazadas por donde mirara: amigas, hermanas, cuñadas, mujeres en la calle y hasta otras en el noticiero, dejando a sus criaturas en bolsas de basura! ¿Cómo podía pasar esto cuando yo estaba ahí, siendo una madre ya en mi imaginario, pero sin hijo? Al año de buscar un embarazo, decidimos consultar a un experto y arrancamos con toda clase de estudios y exámenes, algunos dolorosos, tanto física como psicológicamente. Los pocos que sabían de nuestra situación nos decían que debíamos relajarnos, tomarnos unas vacaciones, no pensar tanto, y que así llegaría el bebé. La intención era buena, lo decían con amor y sinceridad, pero a mí me ponía peor, y ya no quería saber nada con nadie. La relación con mi esposo se deterioró, teníamos sexo programado, ya casi sin ganas y por deber, y de tanto llorar mi llanto se le hizo costumbre y dejó de prestarle atención. Los exámenes salieron bien y sin ya saber qué hacer, llegó el tiempo de los tratamientos de fertilidad. Tres fertilizaciones asistidas fallidas, cada una un puñal a mi pobre corazón. A los 2 años de buscar infructuosamente nuestro hijo, decidimos encarar un nuevo proyecto, a nivel laboral, juntos y con esperanzas de tener mucho éxito. Ahorraríamos el dinero para una fertilización in vitro, la cual representaba una gran suma de dinero, difícil de conseguir. Dimos con un especialista cuyo consultorio estaba repleto de fotos de bebés a quienes había ayudado a concebir, y mi fe se sintió renovada. A punto de empezar con los trámites, una mañana en que tenía unos días de retraso tomé un test de embarazo, sabiendo que sólo vería una rayita triste y solitaria… pero aparecieron dos! Me tapé la boca para no gritar y lo único que decía es “no puede ser, no puede ser”. Fue uno de los días más felices de mi vida. Mi hijo tiene ahora dos años y es la luz de mi vida. Me enseña cada día a no rendirse nunca, ni frente a la peor de las adversidades, porque todo sucede por algo y los milagros ocurren todos los días.”

ornament-md

“Ser madre a los 40:

Ser mamá a los 42 años es una experiencia maravillosa, única y diferente. Durante muchos años, prioricé mi estudio, luego hacer carrera en mi profesión, lo cual para mí implicaba mucha responsabilidad y compromiso. Elegí ese camino, no sentía la necesidad de armar una familia en aquel momento, aunque el deseo siempre estaba vivo. A mis 39 años, conocí a Diego, con quien luego de 3 hermosos años juntos, empezamos a pensar en ser papás. Claro que yo tenía ya casi 42 años, con lo cual tenía mucho miedo que mi reloj biológico se haya detenido. De todas maneras, nuestro deseo de ser padres era tan grande que también estaba entre nuestras opciones adoptar en caso de que no pudiera llegar a quedar embarazada. Finalmente, y luego de unos meses de búsqueda, logramos quedar embarazados. Inmensamente felices contamos la noticia a toda la familia! Tuve un embarazo increíble, sin complicaciones, lo disfruté muchísmo! Hoy, nuestra hija Jazmín tiene 8 meses y me siento la mujer mas afortunada del mundo.”

ornament-md

Ser madre divorciada de tres pequeñas hijas:

Enfrentar la vida sin un marido fue algo diferente y estresante. Los primeros días fueron para acomodar la mente, pero no tanto porque las hijas requerían atención, cuidados, comidas en horarios, juegos y alegría…. las cuestiones personales quedarían para más tarde, otro día, otra semana… y el tiempo fue pasando y descubrí que era bueno tomar decisiones sola y que todo saliera bien, descubrí que podía y crecí como persona y como madre. La vida misma se encargó de mostrarnos el camino a las cuatro. Pasamos momentos difíciles con soledades y tristezas. Pasamos alegrías, triunfos, logros. Lo bueno lo compartimos con los que nos querían bien. Lo malo lo guardamos en un cajoncito que abríamos poco para que no nos apabullara y conservar la energía para marchar por mejores caminos.  Creo recordar que no fue fácil, pero no estoy segura de eso. Lo bueno se impuso. Y las mejores imágenes son como aquella de tres hermosas princesas, recién bañadas después de la siesta, con sus más lindos vestiditos y sus zapatillas de lona de colores, marchando en una tarde de verano a la heladería del barrio para comerse un cucurucho chorreante hasta los pies, volviendo a casa sucias pero radiantes, cachetes rebosando helado, para bañarse de nuevo después del festín”.

Compartir.

Dejar una Respuesta